Don Quijote y su escudero Sancho Panza viajaban por las llanuras secas cuando divisaron treinta o cuarenta grandes estructuras a lo lejos.
1.Un descubrimiento en el horizonte
Don Quijote y su escudero Sancho Panza viajaban por las llanuras secas cuando divisaron treinta o cuarenta grandes estructuras a lo lejos.
—¡Mira allí, amigo Sancho! —exclamó don Quijote—. Treinta desaforados gigantes se alzan ante nosotros. ¡Pienso entrar en batalla con ellos y quitarles a todos las vidas!
Sancho miró confundido. —¿Qué gigantes? —preguntó, entornando los ojos hacia el campo. No veía nada más que las estructuras habituales del lugar.
—¡Aquellos de los brazos largos! —insistió Quijote—. ¡Algunos gigantes suelen tener brazos de casi dos leguas! Sancho sacudió la cabeza, explicando que solo eran aspas movidas por el viento.
—Bien parece —respondió Quijote— que no estás cursado en esto de las aventuras. ¡Si tienes miedo, quítate de ahí y ponte en oración mientras yo entro en fiera y desigual batalla!
Don Quijote dio de espuelas a su caballo, Rocinante, y avanzó hacia adelante. No atendió a las voces de advertencia de Sancho, concentrado únicamente en los supuestos gigantes que tenía delante.
Al acercarse, Quijote gritó a grandes voces: —¡Non fuyades, cobardes y viles criaturas! ¡Que un solo caballero es el que os acomete!
En ese momento, comenzó a soplar un poco de viento y las grandes aspas de los molinos empezaron a moverse. Quijote vio esto como si los gigantes movieran sus muchos brazos para contraatacar.
Encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea y pidiéndole que en tal trance le socorriese, Quijote se cubrió con su rodela y clavó su lanza en el aspa del primer molino.
El viento volvió el aspa con tanta furia que hizo la lanza pedazos. El caballero y su caballo fueron arrastrados por el movimiento, siendo levantados por los aires.
Caballo y caballero fueron lanzados violentamente por el campo, rodando por la tierra seca hasta que se detuvieron, quedando ambos muy maltrechos y magullados.
Sancho Panza acudió a socorrerle a todo el correr de su asno tan rápido como pudo. Al llegar, halló que el caballero no se podía menear debido al fuerte golpe recibido.
—¡Válgame Dios! —gritó Sancho—. ¿No le dije yo a vuestra merced que mirase bien lo que hacía, y que no eran sino molinos de viento? Nadie podía ignorarlo sino quien llevase otros tales en la cabeza.
—Calla, amigo Sancho —respondió Quijote—. Las cosas de la guerra están sujetas a continua mudanza. Creo que el sabio Frestón ha vuelto estos gigantes en molinos para quitarme la gloria de su vencimiento.
A pesar de sus heridas, el caballero permaneció valiente. —Al cabo al cabo —dijo—, han de valer poco sus malas artes contra la bondad de mi espada.